Historia de una lectora

Mujeres de 30 a 40: «No era falta de voluntad. Eran mis noches»

Juana tiene 38 años, dos hijos y un trabajo de cuentas y plazos. Tras el efecto rebote de varias dietas milagro, cambió el picoteo de las once de la noche por una taza de té. Nos lo cuenta sin cifras y sin promesas.

Mujer de unos 38 años sostiene una taza de infusión con luz cálida en su cocina
Juana dice que su único rato «para mí» empieza cuando los niños ya duermen. Imagen ilustrativa.

Fue un martes de septiembre. Me probé el vaquero de siempre para una cena con amigas y no me cerraba. No es que apretara un poco: no había manera.

Esa misma noche, a las once, después de acostar a los niños, me encontré de pie frente al armario de la cocina con una bolsa de galletas en la mano. No recuerdo haber decidido abrirlo. La mano fue sola.

Y a la mañana siguiente, la báscula. Otra vez para arriba.

Las tres cosas a la vez, en menos de doce horas. Lo que sentí no fue tristeza. Fue rabia. Rabia contra mí, por no ser capaz de algo que, según todo el mundo, es tan sencillo.

Tengo 38 años, vivo en Valencia, trabajo como contable en una gestoría pequeña y tengo dos hijos. Y desde los 35, más o menos, el peso no sube de golpe: se arrastra. Un poquito cada mes. Hasta que un día el vaquero te lo dice a la cara.

Escritorio de oficina por la tarde con una taza y un paquete de galletas junto al ordenador
Las cuatro de la tarde en la gestoría: la hora de «una galleta para aguantar».
Mujer con ropa de deporte anotando calorías en el móvil en la cocina
Contar calorías, ayuno intermitente y gimnasio tres veces por semana. Imagen ilustrativa.
Mesa de cocina por la noche con dos tazas, una pareja sentada sin hablar
«Come menos y ya está». La discusión que nadie quiere tener a medianoche.
Mujer leyendo en el móvil sentada en el sofá con una manta, de noche
Leer sobre el sueño y el apetito le cambió la pregunta. Imagen ilustrativa.
Encimera con un batido sustitutivo y un bote de cápsulas sin marca
Batidos en lugar de cena y cápsulas «quemagrasas»: lo que ya había probado.
Manos rodeando una taza caliente de té sobre una mesa de madera
Juana eligió un té sin hierbas laxantes agresivas. Imagen generada, ilustrativa.

La galleta de las cuatro

Si me preguntas cuándo como mal, te diré dos horas exactas. Las cuatro de la tarde y las once de la noche.

A las cuatro, en la gestoría, ya llevo siete horas con declaraciones, nóminas y llamadas de clientes que «solo tienen una preguntita». Me baja la energía en picado. Y en el cajón siempre hay galletas. «Una, para aguantar hasta las seis», me digo. Nunca es una.

Luego llego a casa y empieza el segundo turno: deberes, duchas, cenas, mochilas para mañana. Yo no ceno sentada; picoteo de pie mientras sirvo a los demás. Y cuando por fin todo está en silencio, a las once, me toca a mí.

Ese momento debería ser descanso. Para mí era el piloto automático: abrir la nevera, cerrar, abrir el armario. Comer por ansiedad sin tener hambre de verdad.

En julio, en la playa de la Malvarrosa, mi hermana quiso hacernos una foto a todas. Yo me puse detrás de mis hijos. Y luego dije que mejor la hacía yo.

«No me borré de la foto porque me viera mal. Me borré porque estaba cansada de intentarlo.»

Dos kilos que volvieron

No soy de las que se rinden a la primera. En octubre me lo tomé en serio, como una operación bikini fuera de temporada.

Descargué una aplicación para contar calorías. Probé el ayuno intermitente: nada desde la cena hasta el mediodía. Me apunté al gimnasio del barrio y fui tres veces por semana, a las siete de la mañana, antes de que se despertara nadie.

Al mes había perdido dos kilos. Me sentí invencible.

Pero el ayuno me dejaba las tardes de la oficina hechas un desastre, y las noches, peor. Llegaba a las once con un hambre que no era hambre, era revancha. A los dos meses, los dos kilos habían vuelto. Ni uno más, ni uno menos. Como si se rieran de mí.

El famoso efecto rebote. Lo había leído mil veces en revistas. No pensaba que me iba a pasar con tanta puntualidad.

«Come menos y ya está»

Una de esas noches, Javier, mi marido, me encontró en la cocina con el táper de las croquetas que había hecho para el día siguiente.

Lo dijo sin maldad, creo. «Cariño, es fácil. Come menos y ya está.»

Y yo exploté. No por las croquetas. Exploté porque llevaba meses sin una sola hora para mí. Porque él sale a correr los sábados y yo ni siquiera tengo tiempo para pensar en salir a correr. Porque mi único rato tranquilo del día es a las once de la noche, y lo estaba gastando delante de un armario.

Discutimos fuerte. Nos fuimos a dormir sin hablar.

«No me faltaba fuerza de voluntad. Me faltaba un rato del día que no fuera de nadie más.»

Al día siguiente me pidió perdón. Pero la frase se quedó dando vueltas en mi cabeza: «come menos». Como si yo no lo supiera.

Lo que cambió la pregunta

Esa semana, una noche de insomnio, me puse a leer. No buscaba dietas. Buscaba entender por qué de noche era otra persona.

Encontré un estudio de un equipo de investigadores sobre el sueño. En él, cuando se recortaba el sueño a voluntarios sanos durante unos días, aumentaba su sensación de hambre y el apetito, sobre todo por alimentos ricos en hidratos. Lo cito abajo, en las fuentes.

Yo duermo seis horas en un día bueno. Y vivo con el estrés de los plazos de Hacienda encima.

También me hizo pensar algo que leí en la descripción de un té que vi más tarde: que muchos productos «detox» con hierbas laxantes dan un efecto solo temporal, porque lo que pierdes es agua. Eso me sonó. Demasiado.

Por primera vez me pregunté otra cosa. No «¿por qué no tengo voluntad?», sino «¿qué pasa en mis noches?». El problema no era yo. Eran las once de la noche, el cansancio y la costumbre.

Las dietas milagro que ya conocía

Para ser justa, tengo que contar lo que había probado antes. Porque no llegué de nuevas a esto.

Hace un par de años compré un té «detox» de esos que prometen deshincharte en una semana. Me deshinchó, sí. Me pasaba el día corriendo al baño, incluso en la gestoría, con clientes esperando. La báscula bajó. A los diez días de dejarlo, todo estaba en su sitio otra vez. Era retención de líquidos que iba y venía, no otra cosa.

Luego vinieron unas cápsulas «quemagrasas» que me ponían nerviosa como si me hubiera tomado tres cafés. Y una temporada de batidos en lugar de la cena, que acababa, cómo no, con galletas a medianoche.

No voy a decir marcas. No hace falta. Todas tenían algo en común: prometían rapidez y me dejaban peor que antes.

«Ya no quería un milagro. Quería algo que no me hiciera daño y que pudiera repetir todas las noches.»

Por qué elegí este té

Con todo eso en la cabeza, no buscaba «adelgazar en siete días». Buscaba algo caliente para tener en la mano a las once, en lugar de la bolsa de galletas. Y que no fuera laxante.

Así encontré el Té Detox que se vende en la tienda online del vendedor. Lo que me hizo decidirme fue una frase de su descripción: que tiene una composición natural sin hierbas laxantes agresivas.

El vendedor dice también otras cosas, y las cuento tal cual, como palabras suyas: que su composición es natural y con un alto contenido de antioxidantes naturales, que «acelera suavemente el metabolismo natural, reduce el apetito» y que «limpia el organismo de forma segura», con un «apoyo cuidadoso para el cuerpo».

Yo no puedo comprobar eso desde mi cocina, y no voy a contarte que lo he comprobado. Lo que me importaba era lo otro: no volver a pasarme el día corriendo al baño.

En la descripción que leí no venían ni los ingredientes detallados, ni la forma de preparación, ni condiciones de devolución. Esas cosas hay que mirarlas en la página del vendedor y en el propio envase.

Mis noches ahora

No te voy a dar cifras. No porque no me haya pesado, sino porque mi báscula no es la tuya, y cada cuerpo va a su ritmo.

Lo que sí te cuento es cómo son mis noches. A las 22:30, cuando la casa se queda en silencio, pongo agua a calentar. Me siento en la mesa de la cocina, con la luz pequeña, y me tomo la taza despacio. Sin móvil. Diez minutos que son míos.

Al principio era raro. La mano todavía iba hacia el armario. Pero tener la taza caliente entre las manos me ayudaba a quedarme sentada. Poco a poco, las noches se volvieron más tranquilas. El armario se abre bastante menos.

A las cuatro de la tarde, en la oficina, he cambiado el cajón de las galletas por un paseo hasta la ventana y un vaso de agua. No siempre funciona. Pero ya no me peleo conmigo.

Javier, por cierto, ahora se queda con los niños los domingos por la mañana. Esa hora es mía. Y eso, te lo digo de verdad, ha ayudado tanto como cualquier taza.

Quiero ser clara con quien me lea: un té no sustituye a dormir, a comer bien ni a moverse. Es un ritual, no una solución mágica. La composición y la dosis hay que mirarlas en el envase, y si tienes cualquier duda, sobre todo si tomas medicación, estás embarazada o das el pecho, pregúntale antes a tu médico.

Yo, por mi parte, he vuelto a cuidarme. Despacio. Y este verano salí en la foto de la playa.

Esta historia es ilustrativa y se ha escrito para esta publicación a partir de los materiales del vendedor y de las fuentes indicadas. La protagonista y las personas que aparecen en las imágenes no son clientes reales. Las imágenes se han generado con inteligencia artificial, salvo las fotos del producto. Los resultados son individuales y no constituyen una promesa. Este contenido no es un consejo médico.

Fuentes

  1. Spiegel K., Tasali E., Penev P., Van Cauter E. (2004). Annals of Internal Medicine.